https://www.youtube.com/watch?v=8oFS18iPVH0&t=11s
CAMPAÑA DE
NAVIDAD
A través de los medios de difusión
se nos hace ver que la cifra de los pobres va en aumento, no porque se hubiera
inflado dicho número sino porque en una sociedad que vive muy bien, opíparamente
diría yo, sin embargo a nuestro lado, muy cerca, viven personas indigentes o
que rozan la indigencia a las que no les hacemos mucho caso.
Es tremendamente duro tener que
decirle a una familia que no la puedes ayudar por carecer de bienes económicos,
mientras a tu alrededor ves montones de hombres y mujeres que disponen de esos
recursos y no los comparten con los demás y apenas dan las migajas que caen de
sus mesas y bolsillo, como el rico Epulón del Evangelio.
No pretendo demagógicamente
aprovechar estas fiestas para “calentaros el corazón”, pero si me veo en la obligación
de haceros pensar un poco en este tema tan crucial en nuestra sociedad y que
nos tiene que preocupar hondamente.
Ya sabéis que cuando llega la
Navidad se os pide ayuda para los pobres. La campaña navideña consistirá en que
compartamos con los pobres parte de los nuestro, por eso OS PIDO VUESTRA AYUDA
que se mostrará ya sea en alimentos variados y propios de estas fiestas, como en
ayuda económica para comprar lo que necesitan. Ya sabéis como se hace. A partir
de ahora, ya sea en la Iglesia o en el local de Cáritas Parroquial, sito en la
plaza de la iglesia (puerta de color blanco) los podéis dejar.
No somos nosotros los que os
vamos a agradecer vuestra generosidad,
será el Señor, que todo lo sabe, el que valorará vuestra caridad. A Él os
remito. Él y nosotros, grupo de Cáritas y comunidad parroquial os agradecemos
todo lo que hagáis por los pobres y os deseamos a todos unas FELICES FIESTAS DE NAVIDAD.
Don Serafín Vizoso Avendaño
CONCIERTO DE NAVIDAD
Sábado 17 de diciembre a las 19,30 horas
Pandereteiras del Rocío, Madre del Buen Pastor, Coro Rociero
Jornada de la Sagrada Familia
“La familia, cuna de la vocación al amor”
Viernes 30 de diciembre
¿Qué dicen los obispos?
Los obispos sitúan a la familia como lugar
privilegiado de acogida y discernimiento de la vocación al amor “en
estos momentos en los que atravesamos un invierno vocacional” al sacerdocio, a
la vida consagrada y al matrimonio cristiano. Ante esta situación, “no
queremos instalarnos en una queja estéril que contempla pasivamente
este ocaso de las vocaciones” porque “estamos convencidos de que la
felicidad de cada persona pasa por el descubrimiento y vivencia en plenitud de
la vocación que Dios ha soñado para ella desde toda la eternidad”.
Para descubrir esa vocación, entienden que es fundamental el papel
de la familia en la formación de sus hijos y señalan que ninguna
institución puede suplir su labor en la educación, «especialmente en lo que
se refiere a la formación de la conciencia. Cualquier intromisión en este
ámbito sagrado debe ser denunciada porque vulnera el derecho que tienen los
padres de trasmitir a sus hijos una educación conforme a sus valores y
creencias”.
Diez pautas a la luz de la exhortación Christus vivit
Así, y cogiendo como base la exhortación del papa Francisco Christus vivit, ofrecen diez pautas “para
el discernimiento de la vocación y reflexionar sobre la educación en familia
para facilitar a los hijos el proceso de discernimiento de la vocación”.
- La familia es el ámbito privilegiado
para escuchar la llamada del Señor y para aprender a responderle con
generosidad, porque –explican- “es el ámbito en que uno es amado por sí
mismo, no por lo que produce o por lo que tiene”.
- Señalan como “un aspecto
esencial“ la educación en la fe. En familia es donde
mejor se aprende la relación con Jesucristo vivo, “el miembro más
importante de la familia, a quien se consultan los temas importantes, se
le confían todas las situaciones, a quien se le pide perdón cuando hemos
fallado”. Por eso animan a rezar en familia y a participar en los
sacramentos.
- Invitan a cuidar la
formación en las virtudes “para que los llamados puedan dar su sí
generoso al Señor y mantenerse fieles a este sí”. Entre estas virtudes,
destacan la fortaleza, “para poder ir contracorriente frente a la sociedad
del bienestar”. En esta formación se incluye “la afectividad y la
sexualidad en el ámbito más amplio del amor verdadero”.
- Frente al zapping constante,
navegar en dos o tres pantallas simultáneamente e interactuar al mismo
tiempo en diferentes escenarios virtuales, exhortan a vivir la experiencia
de encuentro con Cristo, “escuchar su Palabra y a reconocer su voz por
medio del discernimiento”, abierto a la posibilidad de consagrarse a Dios
en el sacerdocio o en la vida consagrada.
- También aconsejan a los padres
tener muy presente en la formación de sus hijos que “no somos
dueños del don sino sus administradores cuidadosos”.
- Los padres deben enseñar a sus
hijos, precisan, “a reconocerse como don” y acompañarlos en el
discernimiento, “pero no tomar las decisiones por ellos”.
- Una clave muy importante que
debe tenerse presente es considerar la vida como ofrenda.
Inculcar que “yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este
mundo”.
- Forjar a los hijos en la
caridad es
otra de las pautas que señalan los obispos porque “la familia no es una
célula aislada en sí misma, a la que no importa lo que sucede alrededor.
Esta dimensión caritativa empieza en la familia ampliada, cuidando
especialmente a los abuelos y a los mayores, pero debe estar abierta a las
necesidades de los demás”.
- Como no se puede amar lo que no
se conoce, otra propuesta es fomentar el conocimiento de las
diversas vocaciones e instaurar una cultura vocacional.
Lamentan que familias cristianas “se opongan a la vocación de sus hijos al
sacerdocio o a la vida consagrada o que les pidan que prioricen su futuro
profesional, postergando la llamada del Señor”. En cuanto a la vocación al
matrimonio, “no hay nada más estimulante para los hijos que ver a los
propios padres vivir el matrimonio y la familia como una misión, con
felicidad y paciencia, a pesar de las dificultades, los momentos tristes y
las pruebas».
- Además, indican, como Iglesia, “tenemos la misión de acompañar a las familias que viven en nuestras comunidades”. Acercarse “a las familias que viven la marginación y la pobreza; tener muy presentes a las familias migrantes; no dejar a un lado a las familias que han sufrido la separación y el divorcio”.
Los obispos concluyen su mensaje pidiendo a la Sagrada Familia de Nazaret
“impulso misionero para mostrar la belleza de la vocación del amor a la que
todos y cada uno hemos sido llamados”.
1 de enero de 2023
«Nadie puede salvarse solo.
Recomenzar desde el COVID-19 para trazar juntos caminos de paz»
Mensaje
del papa Francisco para la Jornada Mundial de la Paz 2023
«Hermanos, en cuanto al
tiempo y al momento, no es necesario que les escriba. Ustedes saben
perfectamente que el Día del Señor vendrá como un ladrón en plena noche» (Primera
carta de san Pablo a los Tesalonicenses 5,1-2).
1. Con estas palabras, el
apóstol Pablo invitaba a la comunidad de Tesalónica, que esperaba el encuentro
con el Señor, a permanecer firme, con los pies y el corazón bien plantados en
la tierra, capaz de una mirada atenta a la realidad y a las vicisitudes de la
historia. Por eso, aunque los acontecimientos de nuestra existencia
parezcan tan trágicos y nos sintamos empujados al túnel oscuro y difícil de la
injusticia y el sufrimiento, estamos llamados a mantener el corazón abierto a
la esperanza, confiando en Dios que se hace presente, nos acompaña con ternura,
nos sostiene en la fatiga y, sobre todo, guía nuestro camino. Con este
ánimo san Pablo exhorta constantemente a la comunidad a estar vigilante,
buscando el bien, la justicia y la verdad: «No nos durmamos, entonces, como
hacen los otros: permanezcamos despiertos y seamos sobrios» (5,6). Es una
invitación a mantenerse alerta, a no encerrarnos en el miedo, el dolor o la
resignación, a no ceder a la distracción, a no desanimarnos, sino a ser como
centinelas capaces de velar y distinguir las primeras luces del alba,
especialmente en las horas más oscuras.
2. El COVID-19
nos sumió en medio de la noche, desestabilizando nuestra vida ordinaria,
trastornando nuestros planes y costumbres, perturbando la aparente tranquilidad
incluso de las sociedades más privilegiadas, generando desorientación y
sufrimiento, y causando la muerte de tantos hermanos y hermanas nuestros.
Empujado dentro de una vorágine
de desafíos inesperados y en una situación que no estaba del todo clara ni
siquiera desde el punto de vista científico, el mundo sanitario se movilizó
para aliviar el dolor de tantos y tratar de ponerle remedio; del mismo modo,
las autoridades políticas tuvieron que tomar medidas drásticas en materia de
organización y gestión de la emergencia.
Junto con las
manifestaciones físicas, el COVID-19 provocó —también con
efectos a largo plazo— un malestar generalizado que caló en los
corazones de muchas personas y familias, con secuelas a tener en cuenta,
alimentadas por largos períodos de aislamiento y diversas restricciones de la
libertad.
Además, no podemos olvidar
cómo la pandemia tocó la fibra sensible del tejido social y económico,
sacando a relucir contradicciones y desigualdades. Amenazó la seguridad
laboral de muchos y agravó la soledad cada vez más extendida en nuestras
sociedades, sobre todo la de los más débiles y la de los pobres. Pensemos, por
ejemplo, en los millones de trabajadores informales de muchas partes del mundo,
a los que se dejó sin empleo y sin ningún apoyo durante todo el confinamiento.
Rara vez los individuos y la
sociedad avanzan en situaciones que generan tal sentimiento de derrota y
amargura; pues esto debilita los esfuerzos dedicados a la paz y
provoca conflictos sociales, frustración y violencia de todo tipo. En este
sentido, la pandemia parece haber sacudido incluso las zonas más
pacíficas de nuestro mundo, haciendo aflorar innumerables carencias.
3. Transcurridos
tres años, ha llegado el momento de tomarnos un tiempo para cuestionarnos,
aprender, crecer y dejarnos transformar —de forma personal y
comunitaria—; un tiempo privilegiado para prepararnos al “día del
Señor”. Ya he dicho varias veces que de los momentos de crisis nunca se
sale igual: de ellos salimos mejores o peores. Hoy estamos llamados a
preguntarnos: ¿qué hemos aprendido de esta situación pandémica? ¿Qué nuevos
caminos debemos emprender para liberarnos de las cadenas de nuestros viejos
hábitos, para estar mejor preparados, para atrevernos con lo nuevo? ¿Qué
señales de vida y esperanza podemos aprovechar para seguir adelante e intentar
hacer de nuestro mundo un lugar mejor?
Seguramente, después de
haber palpado la fragilidad que caracteriza la realidad humana y nuestra
existencia personal, podemos decir que la mayor lección que nos deja en
herencia el COVID-19 es la conciencia de que todos nos necesitamos; de que
nuestro mayor tesoro, aunque también el más frágil, es la fraternidad humana,
fundada en nuestra filiación divina común, y de que nadie puede salvarse solo. Por
tanto, es urgente que busquemos y promovamos juntos los valores
universales que trazan el camino de esta fraternidad humana. También
hemos aprendido que la fe depositada en el progreso, la tecnología y
los efectos de la globalización no sólo ha sido excesiva, sino que se ha
convertido en una intoxicación individualista e idolátrica, comprometiendo la
deseada garantía de justicia, armonía y paz. En nuestro acelerado
mundo, muy a menudo los problemas generalizados de desequilibrio, injusticia,
pobreza y marginación alimentan el malestar y los conflictos, y generan
violencia e incluso guerras.
Si, por un lado, la pandemia
sacó a relucir todo esto, por otro, hemos logrado hacer descubrimientos
positivos: un beneficioso retorno a la humildad; una reducción
de ciertas pretensiones consumistas; un renovado sentido de la
solidaridad que nos anima a salir de nuestro egoísmo para abrirnos al
sufrimiento de los demás y a sus necesidades; así como un compromiso,
en algunos casos verdaderamente heroico, de tantas personas que no escatimaron
esfuerzos para que todos pudieran superar mejor el drama de la emergencia.
De esta experiencia ha
surgido una conciencia más fuerte que invita a todos, pueblos y naciones, a
volver a poner la palabra “juntos” en el centro. En efecto, es juntos, en
la fraternidad y la solidaridad, que podemos construir la paz, garantizar
la justicia y superar los acontecimientos más dolorosos. De hecho, las
respuestas más eficaces a la pandemia han sido aquellas en las que grupos
sociales, instituciones públicas y privadas y organizaciones internacionales se
unieron para hacer frente al desafío, dejando de lado intereses
particulares. Sólo la paz que nace del amor fraterno y desinteresado
puede ayudarnos a superar las crisis personales, sociales y mundiales.
4. Al mismo tiempo, en
el momento en que nos atrevimos a esperar que lo peor de la noche de la
pandemia del COVID-19 había pasado, un nuevo y terrible desastre se abatió
sobre la humanidad. Fuimos testigos del inicio de otro azote: una
nueva guerra, en parte comparable a la del COVID-19, pero impulsada por
decisiones humanas reprobables. La guerra en Ucrania se cobra víctimas
inocentes y propaga la inseguridad, no sólo entre los directamente
afectados, sino de forma generalizada e indiscriminada en todo el mundo;
también afecta a quienes, incluso a miles de kilómetros de distancia, sufren
sus efectos colaterales —basta pensar en la escasez de trigo y los precios del
combustible—.
Ciertamente, esta no
es la era post-COVID que esperábamos o preveíamos. De hecho, esta
guerra, junto con los demás conflictos en todo el planeta,
representa una derrota para la humanidad en su conjunto y no sólo para las
partes directamente implicadas. Aunque se ha encontrado una vacuna
contra el COVID-19, aún no se han hallado soluciones eficaces para poner fin a
la guerra. En efecto, el virus de la guerra es más difícil de
vencer que los que afectan al organismo, porque no procede del exterior, sino
del interior del corazón humano, corrompido por el pecado (cf. Evangelio
según san Marcos 7,17-23).
5. ¿Qué se nos pide,
entonces, que hagamos? En primer lugar, dejarnos cambiar el
corazón por la emergencia que hemos vivido, es decir, permitir
que Dios transforme nuestros criterios habituales de interpretación del mundo y
de la realidad a través de este momento histórico. Ya no podemos
pensar sólo en preservar el espacio de nuestros intereses personales o
nacionales, sino que debemos concebirnos a la luz del bien común, con un
sentido comunitario, es decir, como un “nosotros” abierto a la fraternidad
universal. No podemos buscar sólo protegernos a nosotros mismos; es
hora de que todos nos comprometamos con la sanación de nuestra sociedad y
nuestro planeta, creando las bases para un mundo más justo y pacífico, que se
involucre con seriedad en la búsqueda de un bien que sea verdaderamente común.
Para lograr esto y vivir
mejor después de la emergencia del COVID-19, no podemos ignorar un hecho
fundamental: las diversas crisis morales, sociales, políticas y económicas que
padecemos están todas interconectadas, y lo que consideramos como problemas
autónomos son en realidad uno la causa o consecuencia de los otros. Así pues, estamos
llamados a afrontar los retos de nuestro mundo con responsabilidad y compasión. Debemos
retomar la cuestión de garantizar la sanidad pública para todos;
promover acciones de paz para poner fin a los conflictos y
guerras que siguen generando víctimas y pobreza; cuidar de
forma conjunta nuestra casa común y aplicar medidas claras y
eficaces para hacer frente al cambio climático; luchar
contra el virus de la desigualdad y garantizar la alimentación y un trabajo
digno para todos, apoyando a quienes ni siquiera tienen un salario mínimo y
atraviesan grandes dificultades. El escándalo de los pueblos hambrientos nos
duele. Hemos de desarrollar, con políticas adecuadas, la acogida y la
integración, especialmente de los migrantes y de los que viven como
descartados en nuestras sociedades. Sólo invirtiendo en estas
situaciones, con un deseo altruista inspirado por el amor infinito y
misericordioso de Dios, podremos construir un mundo nuevo y ayudar a edificar
el Reino de Dios, que es un Reino de amor, de justicia y de paz.
Al compartir estas
reflexiones, espero que en el nuevo año podamos caminar juntos,
aprovechando lo que la historia puede enseñarnos. Expreso mis mejores votos
a los jefes de Estado y de gobierno, a los directores de las organizaciones
internacionales y a los líderes de las diferentes religiones. A
todos los hombres y mujeres de buena voluntad, les deseo un feliz año,
en el que puedan construir, día a día, como artesanos, la paz. Que María
Inmaculada, Madre de Jesús y Reina de la Paz, interceda por nosotros y por el
mundo entero.




