1 de noviembre
La
Iglesia celebra a Todos los Santos y reza por los fieles difuntos
El 1 de
noviembre miramos hacia el cielo. Es
el día en el que se homenajea a todos los santos, conocidos y
desconocidos. A los que están en los altares y a tantos y tantos cristianos que
después de una vida según el evangelio participan de la felicidad eterna del
cielo. Son nuestros intercesores y nuestros modelos de vida cristiana.
«La santidad es el rostro más bello de la Iglesia» escribe el papa
Francisco en «Gaudete et exsultate»,
su exhortación apostólica sobre la llamada a la santidad en el mundo actual
(marzo 2018). El Papa nos recuerda que esta llamada va dirigida a cada uno de
nosotros. El Señor se dirige también a ti: «Sed santos, porque yo soy santo» (Lv 11,45; cf. 1P 1,16).
Preparémonos
para celebrar la fiesta de Todos los Santos, sigue diciendo el Papa, y pidámosles
que nos ayuden a ser fieles al Evangelio y a custodiar nuestro corazón, con la
esperanza de compartir su alegría en la comunión con el Señor y con todos
aquellos que hemos amado.
9 de noviembre
DÍA DE LA IGLESIA
DIOCESANA
“Tú también puedes ser santo”
Con el lema “Tú también puedes ser santo” la campaña invita a conectar la
santidad con el hoy de nuestras vidas.
“En todos los amigos y amigas de Dios encontrarás cada día la inspiración
que necesitas para llevar una vida de santidad”.
El Secretariado para
el Sostenimiento de la Iglesia invita a conectar la santidad
con el día a día de nuestras vidas. Precisamente, el 9 de noviembre, día de la
dedicación de la Basílica de Letrán, es la jornada establecida por el papa
Francisco para conmemorar a partir de 2025 a los santos, beatos, venerables y
siervos de Dios en las Iglesias particulares.
https://vimeo.com/1126117707?fl=pl&fe=sh
16
de noviembre
JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES
“Tú, Señor, eres mi esperanza”
(cfr Sal 71,5)
Mensaje del
Papa León XIV
1. «Tú,
Señor, eres mi esperanza» (Sal 71,5).
Estas palabras brotan de un corazón oprimido por graves dificultades: «Me
hiciste pasar por muchas angustias» (v. 20), dice el salmista. A pesar de ello,
su alma está abierta y confiada, porque permanece firme en la fe, que reconoce el
apoyo de Dios y lo proclama: «Tú eres mi Roca y mi fortaleza» (v. 3). De ahí
nace la confianza indefectible de que la esperanza en Él no defrauda: «Yo me
refugio en ti, Señor, ¡que nunca tenga que avergonzarme!» (v. 1).
En
medio de las pruebas de la vida, la esperanza se anima con la certeza firme y
alentadora del amor de Dios, derramado en los corazones por el Espíritu Santo.
Por eso no defrauda (cf. Rm 5,5),
y san Pablo puede escribir a Timoteo: «Nosotros nos fatigamos y luchamos porque
hemos puesto nuestra esperanza en el Dios viviente» (1Tm 4,10). El
Dios viviente es, de hecho, el «Dios de la esperanza» (Rm 15,13),
que, en Cristo, mediante su muerte y resurrección, se ha convertido en «nuestra
esperanza» (1Tm 1,1). No
podemos olvidar que hemos sido salvados en esta esperanza, en la que
necesitamos permanecer enraizados.
2. El
pobre puede convertirse en testigo de una esperanza fuerte y fiable,
precisamente porque la profesa en una condición de vida precaria, marcada por
privaciones, fragilidad y marginación. No confía en las seguridades del poder o
del tener; al contrario, las sufre y con frecuencia es víctima de ellas. Su
esperanza sólo puede reposar en otro lugar. Reconociendo que Dios es nuestra
primera y única esperanza, nosotros también realizamos el paso de las esperanzas efímeras
a la esperanza duradera.
Frente al deseo de tener a Dios como compañero de camino, las riquezas se
relativizan, porque se descubre el verdadero tesoro del que realmente tenemos
necesidad. Resuenan claras y fuertes las palabras con las que el Señor Jesús
exhortaba a sus discípulos: «No acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla
y la herrumbre los consumen, y los ladrones perforan las paredes y los roban.
Acumulen, en cambio, tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que
los consuma, ni ladrones que perforen y roben» (Mt 6,19-20).
3. La
pobreza más grave es no conocer a Dios. Así nos lo recordaba el Papa Francisco cuando en Evangelii gaudium escribía:
«La peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención
espiritual. La inmensa mayoría de los pobres tiene una especial apertura a la
fe; necesitan a Dios y no podemos dejar de ofrecerles su amistad, su bendición,
su Palabra, la celebración de los Sacramentos y la propuesta de un camino de
crecimiento y de maduración en la fe» (n. 200). Aquí se manifiesta una conciencia
fundamental y totalmente original sobre cómo encontrar en Dios el propio
tesoro. Insiste, en efecto, el apóstol Juan: «El que dice: “Amo a Dios”, y no
ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el
que no ama a su hermano, a quien ve?» (1 Jn 4,20).
Es una
regla de la fe y un secreto de la esperanza que todos los bienes de esta
tierra, las realidades materiales, los placeres del mundo, el bienestar
económico, aunque importantes, no bastan para hacer feliz al corazón. Las
riquezas muchas veces engañan y conducen a situaciones dramáticas de pobreza,
la más grave de todas es pensar que no necesitamos a Dios y que podemos llevar
adelante la propia vida independientemente de Él. Vuelven a la mente las
palabras de san Agustín: «Sea Dios toda tu presunción: siéntete indigente de
Él, y así serás de Él colmado. Todo lo que poseas sin Él, te causará un mayor
vacío.» (Enarr. in Ps. 85,3).
4. La
esperanza cristiana, a la que remite la Palabra de Dios, es certeza en el
camino de la vida, porque no depende de la fuerza humana sino de la promesa de
Dios, que es siempre fiel. Por eso, los cristianos desde los orígenes quisieron
identificar la esperanza con el símbolo del ancla, que da estabilidad y
seguridad. La esperanza cristiana es como un ancla que fija nuestro corazón en
la promesa del Señor Jesús, quien nos ha salvado con su muerte y resurrección y
que volverá de nuevo en medio de nosotros. Esta esperanza sigue señalando como
verdadero horizonte de vida el «cielo nuevo» y la «tierra nueva» (2 P 3,13)
donde la existencia de todas las criaturas encontrará su sentido auténtico,
pues nuestra verdadera patria está en el cielo (cf. Flp 3,20).
La
ciudad de Dios, en consecuencia, nos compromete con las ciudades de los
hombres. Estas deben, desde ahora, comenzar a parecerse a ella. La esperanza,
sostenida por el amor de Dios derramado en nuestros corazones por medio del
Espíritu Santo (cf. Rm 5,5
transforma el corazón humano en tierra fértil, donde puede brotar la caridad
para la vida del mundo. La Tradición de la Iglesia reafirma constantemente esta
circularidad entre las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. La
esperanza nace de la fe, que la alimenta y sostiene, sobre el fundamento de la
caridad, que es madre de todas las virtudes. Y de la caridad tenemos necesidad
hoy, ahora. No es una promesa, sino una realidad a la que miramos con alegría y
responsabilidad: nos compromete, orientando nuestras decisiones al bien común.
Quien carece de caridad no solo carece de fe y esperanza, sino que quita
esperanza a su prójimo.
5. La
invitación bíblica a la esperanza conlleva, por tanto, el deber de asumir
responsabilidades coherentes en la historia, sin dilaciones. La caridad, en
efecto, «representa el mayor mandamiento social» (Catecismo de la Iglesia
Católica, 1889).
La pobreza tiene causas estructurales que deben ser afrontadas y eliminadas.
Mientras esto sucede, todos estamos llamados a crear nuevos signos de esperanza
que testimonien la caridad cristiana, como lo hicieron muchos santos y santas
de todas las épocas. Los hospitales y las escuelas, por ejemplo, son
instituciones creadas para expresar la acogida hacia los más débiles y
marginados. Hoy deberían formar parte ya de las políticas públicas de todo
país, pero las guerras y desigualdades con frecuencia lo impiden. Cada vez más,
los signos de esperanza son hoy las casas-familia, las comunidades para
menores, los centros de escucha y acogida, los comedores para los pobres, los
albergues, las escuelas populares: cuántos signos, a menudo escondidos, a los
que quizás no prestamos atención y, sin embargo, tan importantes para
sacudirnos de la indiferencia y motivar el compromiso en las distintas formas
de voluntariado.
Los pobres no son una distracción para
la Iglesia, sino los hermanos y hermanas más amados, porque cada uno de ellos,
con su existencia, e incluso con sus palabras y la sabiduría que poseen, nos
provoca a tocar con las manos la verdad del Evangelio. Por eso, la Jornada
Mundial de los Pobres quiere recordar a nuestras comunidades que los pobres
están en el centro de toda la acción pastoral. No solo de su dimensión
caritativa, sino también de lo que la Iglesia celebra y anuncia. Dios ha
asumido su pobreza para enriquecernos a través de sus voces, sus historias, sus
rostros. Toda forma de pobreza, sin excluir ninguna, es un llamado a vivir
concretamente el Evangelio y a ofrecer signos eficaces de esperanza.
6. Esta
es la invitación que nos llega de la celebración del Jubileo. No es casualidad
que la Jornada Mundial de los
Pobres se celebre hacia el final de este año de gracia. Cuando
se cierre la Puerta Santa, tendremos que custodiar y transmitir los dones
divinos que han sido derramados en nuestras manos a lo largo de todo un año de
oración, conversión y testimonio. Los pobres no son objetos de nuestra
pastoral, sino sujetos creativos que nos estimulan a encontrar siempre formas
nuevas de vivir el Evangelio hoy. Ante la sucesión de nuevas oleadas de
empobrecimiento, existe el riesgo de acostumbrarse y resignarse. Todos los días
nos encontramos con personas pobres o empobrecidas y, a veces, puede suceder
que seamos nosotros mismos los que tengamos menos, los que perdamos lo que
antes nos parecía seguro: una vivienda, comida adecuada para el día, acceso a
la atención médica, un buen nivel de educación e información, libertad
religiosa y de expresión.
Al
promover el bien común, nuestra responsabilidad social se basa en el gesto
creador de Dios, que a todos da los bienes de la tierra; y al igual que estos,
también los frutos del trabajo del hombre deben ser accesibles de manera
equitativa. Ayudar al pobre es, en efecto, una cuestión de justicia, antes que
de caridad. Como observa San Agustín: «Das pan al hambriento, pero sería mejor
que nadie sintiese hambre y no tuvieses a nadie a quien dar. Vistes al desnudo,
pero ¡ojalá todos estuviesen vestidos y no hubiese necesidad de vestir a
nadie!» (Homilías sobre la primera carta
de san Juan a los partos, VIII, 5).
Espero, por tanto, que este Año
Jubilar pueda impulsar el desarrollo de políticas para combatir antiguas y
nuevas formas de pobreza, además de nuevas iniciativas de apoyo y ayuda a los
más pobres entre los pobres. El trabajo, la educación, la vivienda y la salud
son las condiciones para una seguridad que nunca se logrará con las armas.
Estoy contento por las iniciativas ya existentes y por el compromiso que cada
día asumen a nivel internacional un gran número de hombres y mujeres de buena
voluntad.
Confiemos
en María Santísima, Consuelo de los afligidos, y con ella entonemos un canto de
esperanza haciendo nuestras las palabras del Te Deum: «In
Te, Domine, speravi, non confundar in aeternum —En ti, Señor,
confié, no me veré defraudado para siempre».
Vaticano,
13 de junio de 2025, memoria de San Antonio de Padua, Patrono de los Pobres
LEÓN
PP. XIV


